Llevé a estacionar la moto en la calle de atrás del departamento, la calle se transformó de pronto en un centro comercial. Ahí, tratando de no obstruir la entrada a las tiendas, decidí colocar la moto a lado de un aparador. Bajé las patas pero parecía imposible que se sostuviera por sí sola, la acomodé de una y otra forma, pero no lo logré, así que al final de cuentas decidí llevarla al departamento y guardarla dentro de éste.
Al llegar al conjunto de departamentos noté que estaban poniendo unas rejas, lo cual me emocionó mucho, pues ya no tendría que meter y sacar el coche para que no lo viera mi madre. Pensé: “ojalá no me vayan a echar del departamento ahora que habrá reja, porque no he pagado la renta”.
Entré al edificio sin moto, ésta se había convertido en un par de patines que tenía en mi mano, en una bolsa amarilla de Soriana (después recordaría haberla llamado así).
Había que bajar primero unos escalones y después subir otros para comenzar a ascender en la escalera, una escalinata angosta, resbalosa, sin algunos escalones y con barandal por secciones, pero el primer obstáculo que había que pasar era esa pequeña alberquita con gente y espuma, de tal suerte que los escalones resultaban un poco resbaladizos.
Traía mis sandalias azules, pero por alguna razón era más peligroso caminar con ellas que sin ellas, así que tuve que quitármelas desde el inicio, aunque sabía que después tendría que usarlas para meterme a bañar, no obstante, tuve que dejarlas ahí y bajar y subir.
Ni siquiera toqué el agua, di un brinco de un escalón a otro y comencé a subir, subir y subir. Hubo un momento en que la escalera resultó imposible de escalar, así que me fui a otra, prácticamente con las mismas características, pero mucho más sencilla... al menos en esa sección.
Me encontré a Vanessa en alguna parte de las escaleras, me dijo que mamá me había enviado un mensaje pidiéndome que le dijera porque no iba a ir (no sé a dónde) y Vanessa me dijo que al menos le respondiera que “porque cantaban muy mal”, pues ella iba a estar esperando una respuesta mía. Le dije que no le iba a decir eso, porque me parecía mala onda y prefería decirle la verdad: “no tengo ganas de ir”. Ella pensó que eso sería peor.
Seguí mi camino.
En algún punto de las escaleras había que brincar de un escalón a otro con un terrible y angustiante vacío de por medio, tenía que hacerlo para seguir avanzando, así que primero arrojé al frente la bolsa amarilla con los patines y después di una mega brinco para cruzar y seguir con mi camino.
Llegué a un piso equivocado, aparentemente no calculé bien dado que las escaleras eran largas, pequeñas y angostas (no puedo explicar cómo) y al parecer con tanto cambio de unas a otras (y de ir hacía arriba y hacia abajo en algunos momentos).
En ese momento me di cuenta de que ya no traía los patines, así que había que bajar primero para llegar a mi piso y después para encontrar en qué fragmento de la escalera dejé los patines.
Mientras bajaba, que en realidad subía, me encontré a gente que subía, pero en realidad bajaba. Una de esas personas era Daniela, le pregunté si había visto mis patines “en una bolsa amarilla como de Soriana”, y me respondió que no, y es que con tanto cambio de escaleras yo ya no sabía en cuáles los había olvidado.
Continué bajando (subiendo) y llegué a una azotea. A mi izquierda había una pantalla, era una especie de cine al aire libre. La imagen que se veía era la de un menor (no sé si era niño o niña) con el cuerpo pintado de negro o café (alguien blanco interpretando un papel de negro, porque se notaba que no era un color natural) con unos ojos grandes y amarillos, no como los de un gato, sino como los de un personaje de manga, pero puestos en una persona de carne y hueso.
Después de apartar mi vista de la pantalla, vi primero una sombra y después escuché el sonido como de un ave gigante. Me asusté y corrí hacia las escaleras para bajar y buscar mis patines, pero no podía bajar por ellas, pues solo estaban destinadas a subir.
Encontré otras más allá, pero para llegar al primer escalón había que librar primero un profundo vacío, tomé un poco de vuelo y salté el pozo hasta llegar al escalón y comencé a bajar... a mi aso más gente a quien poder preguntarle sobre el destino de mis patines, pero nadie sabía nada. Muchos recordaban, como yo, que había pasado de unas escaleras a otras, así como ellos también lo habían hecho, pero quienes habían visto mis patines no podían recordar en cuál de todas ellas podían estar.
Seguí bajando, saltando escalones, cambiando de escalinatas y casi a punto de caer el diversos abismos.
Bajé en medio del miedo y el caos, encontrándome con personas que ni siquiera tienen historia en mi vida real, a veces a punto de caer y otras buscando opciones para una mayor seguridad.
Sonó el teléfono, brinqué a la realidad y contesté teniendo aún la sensación del miedo, la sorpresa y la angustia en mi mente, y en un breve momento de espera comencé a sentir un profundo dolor en mi ojo izquierdo que me hizo estallar en llanto.
Colgué el auricular entre lágrimas y miré mis brazos marcados, del mismo modo en que lo estaba prácticamente todo mi cuerpo... mi cara asustada. Poco a poco dejé de llorar, pero no esa sensación de vacío y miedo al mismo tiempo.
Ojalá pudiera bajar y mostrar las imágenes de mi mente.